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Me friega que Nadine Heredia se asuma víctima del machismo

Nadine, Tilsa, y el cuento feminista, por Fernando Vivas

Soy feminista y me joroba que una mujer tome la causa de género como coartada para su frescura. Por ejemplo, me enervó que Tilsa Lozano se hiciera la víctima de Juan Manuel Vargas y hablara en nombre de las féminas trampeadas, todo para justificar la comercialización de sus intimidades. Fue una clamorosa hipocresía, pues ella, por oficio, vive del machismo que babea –y paga– por la exhibición ritual de su trasero. Su feminismo de ocasión fue una estafa en la que, felizmente, no cayeron ni ‘floras’, ni ‘manuelas’, ni Charo Sasieta, ni Ana Jara, que saltan ante la más mínima sospecha de feminicidio.

También me friega que Nadine Heredia se asuma víctima del machismo que, según su propia frase, la quiere ver ‘regando las plantitas del Palacio de Gobierno’. Creo que, cuando se trata de mujeres tan famosas como Tilsa o tan poderosas como Nadine, ya llegamos a la paridad. Obviamente, no falta el macho patán que les lanza un improperio o pretende reducirles sus méritos con un piropo sexista, y hay que sancionarlos por eso; pero antes se estrellarán ante la fortaleza y las prerrogativas de estas mujeres empoderadas.

Lo más probable es que aquellas, cuando izan la bandera de género para reclamar más privilegios de los que ya tienen, lo hagan de puro ventajistas. Quieren que las traten como iguales pero que les sigan cediendo el asiento y pagándoles la cuenta.

Nadine dice que hay un machismo encubierto contra ella, y no dudo que este existe al igual que existió un racismo encubierto contra Toledo, pero no es desde la intolerancia o desde la discriminación de género que muchos objetamos su poder fáctico. Lo hacemos desde la democracia de los elegidos que tienen que rendir cuentas de sus actos, como Ollanta Humala. Nadine, como me dijo un amigo que fue una de las cabezas rodadas a su paso, tiene demasiado poder y ninguna ‘accountability’.

El Perú sigue siendo un país patriarcal, pero hemos avanzado lo suficiente como para tener una presidenta. Medio país estuvo dispuesto a votar por Keiko y la otra mitad, ¡qué ironía!, votó por Nadine sin saberlo. Y en Lima elegimos entre dos mujeres. Los excesos de Nadine alteran este avance porque confunden. Su reclamo es tan inconsistente que se la da de feminista en una revista femenina en la que aceptó posar, en principio, como ama de casa con prendas de marca y críos alrededor.

Con razón, las feministas están molestas con Nadine. Primero, traicionó la agenda igualitaria y de derechos reproductivos que habían colocado en la Gran Transformación; y ahora, su controversia se puede asociar, para mal, con el proyecto de ley de ‘acoso político contra las mujeres’. La congresista Verónika Mendoza ha presentado esta iniciativa de la Red Nacional de Mujeres Autoridades (Renama), que sanciona a quienes agredan a mujeres autoridades o candidatas, o realicen acciones que restrinjan su capacidad de gestión.

Las feministas bien harían en pronunciarse sobre los avances puntuales en la paridad de género y sobre las trabas que subsisten y que justificarían proyectos de ‘acción afirmativa’ (o discriminación positiva) como este del acoso político. Y, con esa misma energía, mejor harían en aclarar que no es su causa la que esta en juego cuando Nadine hace de las suyas.